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Por años, la sostenibilidad fue el nice to have del ecosistema emprendedor. Un extra reputacional para convencer a inversionistas o clientes con conciencia ambiental. Hoy esa narrativa ha quedado rebasada y, por fortuna, ha dejado de pertenecer al territorio de la buena ondez para colocarse como un pilar en el modelo de negocios.
Siete de cada 10 startups y scaleups en México asegura que la sostenibilidad será un pilar de su estrategia en los próximos años, muestra un nuevo reporte de Endeavor México y la IFC. Aunque siempre hay que tomar con pinzas estas cifras —hasta no ver, no creer—, el creciente consenso sobre la necesidad de tomar acciones en línea con la sostenibilidad habla de un cambio profundo en la forma de concebir al sector. Al menos, en la teoría.
El problema es que, aunque el discurso ya se instaló con fuerza, la acción todavía no le sigue el paso. Hoy, solo 18% de las empresas analizadas por Endeavor México y la IFC ha logrado acceder a financiamiento sostenible y apenas 57% mide su impacto con herramientas claras.
Esta brecha entre intención y ejecución explica por qué el concepto sigue atascado en el plano discursivo. En primer lugar, porque medir impacto no es sencillo ni barato. Requiere metodologías, personal especializado, asesoría técnica y, en muchos casos, certificaciones externas. Para startups que viven al límite de su burn rate, estas inversiones suelen quedar relegadas frente a prioridades más urgentes como crecer usuarios o cerrar rondas.
A ello se suma la falta de alineación entre lo que piden los inversionistas y lo que pueden demostrar las empresas. Muchos fondos hablan de criterios ESG y de impacto, pero pocos los integran con métricas claras en sus procesos de inversión. Del otro lado, muchas empresas emergentes reducen la sostenibilidad a prácticas superficiales —como campañas de reciclaje o donaciones— sin integrarla en el core de su modelo de negocio y sin atracción de capital.
Y sin capital, la sostenibilidad difícilmente se vuelve algo más que una carta a Santa Claus.
Esto es particularmente crítico porque la oferta de financiamiento verde está creciendo. Sin mucho entusiasmo por parte de los capitalistas de riesgo, cabe resaltar. Entre 2020 y 2025, México emitió más de 32,600 millones de dólares en bonos temáticos, cifra que “supera ampliamente” al capital de riesgo sostenible, de acuerdo con Endeavor México.
En la práctica, esto pone a las startups en una posición complicada. Sin apoyo de los VC, métricas confiables y protocolos para generar mejores prácticas que no solo salgan en la foto, se arriesgan a desperdiciar una de sus mayores oportunidades de crecimiento. Y esto afecta a todo el ecosistema.
El mercado ya no solo recompensa a las empresas que innovan tecnológicamente, sino a las que demuestran cómo esa innovación contribuye a resolver desafíos sociales y ambientales. Las cadenas globales de valor están ajustando sus estándares ESG. Los consumidores prefieren marcas con propósito. Los gobiernos endurecen regulaciones. El cambio de paradigma no es una tendencia pasajera: es un requisito estructural para competir en la economía del futuro. En ese contexto, ¿de verdad se está haciendo todo lo posible por impulsar startups sostenibles en México?
Ya veremos…
