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- El INE usó una voz clonada por IA del fallecido actor José Lavat sin consentimiento, diversos artistas protestaron exigiendo leyes que regulen el uso de IA y protejan la voz como dato biométrico, el gobierno, que debería proteger, es el primero en violar estos derechos.
- Bitcoin supera los 120 mil dólares en medio de la incertidumbre global y el impulso político de Trump.
Realidad Aumentada
Adrián Campos
Hace unos años, los guionistas de Hollywood se fueron a huelga. ¿La razón? La inteligencia artificial comenzaba a ser utilizada para escribir nuevos capítulos y películas, amenazando su trabajo y creatividad. Aquella protesta sentó un precedente. Hoy, en México, el eco de esa lucha resuena con fuerza.
Este 13 de julio, el Monumento a la Revolución fue escenario de una manifestación similar. No fue una protesta más: fue un clamor colectivo de artistas, locutores, músicos y productores que, bajo la consigna “Una misma voz”, exigieron algo tan elemental como el respeto a su identidad. Porque eso es la voz: identidad, historia, humanidad y, sobre todo, individualidad.
Y hoy, esa identidad está siendo vulnerada por el uso irresponsable de la inteligencia artificial (IA). Lo más grave: es el propio gobierno quien la está utilizando sin ética ni regulación, mientras nos pide confiarle nuestros datos biométricos a través de la CURP.
El caso que detonó esta alarma fue protagonizado por el Instituto Nacional Electoral (INE), que utilizó una voz generada por IA con un timbre y estilo prácticamente idénticos al del fallecido actor de doblaje José “Pepe” Lavat, en un video institucional. Simularon su voz y su estilo narrativo, conocido por su trabajo en Dragon Ball, sin consultar a su familia, sin contrato, sin consentimiento. La respuesta del INE ante el reclamo de la viuda fue tan fría como inhumana: “pues demande”.
Este hecho no es un error técnico ni un caso aislado. Es el reflejo de un problema estructural: México no cuenta con una ley que regule el uso de la inteligencia artificial, ni con un marco ético que proteja los derechos de las personas frente a esta tecnología. Y lo más alarmante es que el Estado, que debería ser garante de estos derechos, es el primero en violarlos.
La clonación de voces sin autorización no solo es una falta de respeto al trabajo artístico, es una violación directa a los derechos humanos. La voz es un dato biométrico sensible, tan único como una huella digital. Usarla sin permiso es equivalente a suplantar una identidad. Y si el gobierno puede hacerlo con fines propagandísticos, ¿qué le impide hacerlo con otros fines más oscuros?
La presidenta Claudia Sheinbaum reconoció públicamente que los reclamos del gremio artístico son legítimos y prometió reuniones con la Secretaría de Cultura y la Consejería Jurídica. Pero las promesas no bastan. El vacío legal es tan grande que hoy cualquier plataforma puede replicar la voz de un actor, vivo o muerto, sin consecuencias legales. Mientras tanto, los artistas ven cómo su legado es reducido a un archivo manipulable por cualquier usuario con acceso a una IA.
El caso de Pepe Lavat no es el primero. Mario Castañeda, voz de Gokú, ya había denunciado en 2022 el uso de su voz en plataformas como FakeYou, sin su consentimiento. La diferencia es que ahora es el propio gobierno quien incurre en estas prácticas, lo que eleva el problema a una dimensión institucional.
Los artistas no están pidiendo que se prohíba la IA. Están exigiendo:
- Reglas claras
- Contratos justos
- Compensación económica
- Reconocimiento a su trabajo
- Y que se reconozca legalmente que la voz es parte de su identidad y no puede ser replicada sin consentimiento.
Están pidiendo que no se les borre con un “prompt”.
El Congreso y el Senado tienen una deuda urgente con la sociedad. No se trata solo de proteger a los artistas, sino de sentar las bases de una ética digital que garantice que la tecnología esté al servicio de las personas, y no al revés. Porque si hoy es la voz de un actor, mañana puede ser la tuya.
Y si el gobierno no puede garantizar ni siquiera el respeto a los datos biométricos de quienes ya no están, ¿cómo podemos confiar en que protegerá los de los vivos? De entrada, esto me invita a no confiar en lo dicho por José Peña Merino.
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