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La postura de Claudia Sheinbaum sobre los centros de datos abre una discusión necesaria para el futuro digital del país. Aunque estas instalaciones consumen grandes cantidades de agua y electricidad, también son fundamentales para la inteligencia artificial y la economía digital. La clave no está en frenarlas ni en aprobarlas sin límites. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre crecimiento tecnológico, sostenibilidad ambiental y desarrollo económico
Bill Gates propone gravar a los robots y a la inteligencia artificial para evitar que reemplazar trabajadores resulte más atractivo que contratarlos. La iniciativa abre una discusión sobre cómo financiar la protección social y la capacitación laboral en una economía cada vez más automatizada
Realidad Aumentada
Adrián Campos
La conversación sobre los centros de datos en México dejó de ser un asunto exclusivo de tecnólogos, inversionistas y empresas de telecomunicaciones. La presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa un tema que tarde o temprano debía discutirse: el costo energético e hídrico de una infraestructura que será indispensable para el desarrollo de la inteligencia artificial.
Su preocupación tiene fundamento. Un centro de datos moderno demanda enormes cantidades de electricidad y agua para mantener operando miles de servidores las 24 horas del día. En estados como Querétaro, donde la concentración de estas instalaciones sigue creciendo, la presión sobre la infraestructura local ya forma parte de la conversación pública.
Sin embargo, la discusión corre el riesgo de caer en extremos, pues mientras gobernadores y organismos empresariales celebran cada nuevo anuncio de inversión, el gobierno federal introdujo una variable incómoda para la industria: quién pagará el costo energético e hídrico de esa expansión.
La pregunta tiene mucha legitimidad, pero también lo es reconocer que medir el impacto de los centros de datos únicamente por los empleos directos que generan puede conducir a conclusiones equivocadas.
Una instalación de este tipo puede emplear a pocas centenas de personas de manera permanente, pero a su alrededor se desarrollan servicios de construcción especializada, fibra óptica, telecomunicaciones, energía, ciberseguridad, software, consultoría y mantenimiento de infraestructura crítica. Son empleos mejor remunerados y que exigen mayor especialización técnica.
México lleva años hablando de migrar hacia una economía basada en conocimiento. Resulta difícil lograrlo sin la infraestructura que hace posible la economía digital.
Reducir la discusión al consumo de recursos deja fuera una variable estratégica: la competencia internacional por infraestructura digital.
La inteligencia artificial está impulsando una carrera global por atraer centros de datos, redes de conectividad y capacidad de procesamiento. Países de América Latina buscan posicionarse como destinos para estas inversiones porque entienden que la infraestructura digital será tan estratégica para la próxima década como lo fue la infraestructura manufacturera durante las últimas tres.
México tiene ventajas difíciles de replicar: cercanía con Estados Unidos, una red creciente de telecomunicaciones y un mercado digital en expansión. Renunciar a ese potencial tampoco parece una alternativa viable.
La pregunta que debería hacerse México no es cuántos centros de datos puede atraer, sino qué obtiene a cambio de ellos.
Si las inversiones llegan sin obligaciones ambientales, el costo para las comunidades podría ser demasiado alto. Pero si el país impone estándares de eficiencia energética, uso de energías renovables, reutilización de agua y fortalecimiento de infraestructura eléctrica, el balance cambia realmente.
La propia Sheinbaum anunció una expansión de 28 mil megawatts en capacidad de generación eléctrica bajo un esquema de 54% inversión pública y 46% privada. Esa planeación será fundamental para atender la demanda futura de una economía cada vez más digitalizada.
Los centros de datos consumen recursos, pero también habilitan innovación, inversión y desarrollo tecnológico. El desafío no consiste en frenar su crecimiento ni en aprobarlo sin condiciones. Consiste en construir reglas que permitan aprovechar sus beneficios sin trasladar sus costos a la sociedad. Ahí está el verdadero equilibrio que necesita México.
Gemelos Digitales
Bill Gates acaba de plantear una idea que hace apenas unos años habría parecido impensable: cobrar impuestos a los robots y a la inteligencia artificial. La propuesta surge de una observación simple. Cuando una empresa contrata personas paga salarios, prestaciones e impuestos asociados al empleo; cuando automatiza procesos, buena parte de esos costos desaparecen. Desde su perspectiva, el sistema fiscal termina premiando la sustitución de trabajadores. Los números ayudan a entender por qué Gates encendió las alertas. Durante 2026, las grandes tecnológicas mantuvieron inversiones multimillonarias en infraestructura para IA mientras el sector acumuló más de 116 mil despidos. Oracle eliminó alrededor de 21 mil puestos al mismo tiempo que aceleraba su estrategia de inteligencia artificial. La idea no consiste en frenar la innovación. Lo que propone es que una parte de la riqueza generada por la automatización contribuya a financiar capacitación y reconversión laboral. Si la productividad aumenta gracias a algoritmos, una parte de ese beneficio podría regresar a las personas afectadas por el cambio tecnológico. Llevar esta discusión a México, sin embargo, obliga a mirar una realidad distinta. Según el Inegi, 55.1% de la población ocupada trabaja en la informalidad, por lo que millones de personas ya se encuentran fuera de los esquemas tradicionales de protección laboral. La propuesta puede parecer provocadora, pero apunta a una inconsistencia cada vez más evidente. Las empresas están invirtiendo miles de millones de dólares para depender menos de las personas, mientras los sistemas de seguridad social siguen financiándose, en gran medida, con las contribuciones de esas mismas personas. La inteligencia artificial no está reemplazando masivamente al empleo de un día para otro, pero ya modificó la ecuación económica de muchas organizaciones. Gates simplemente adelantó una pregunta que gobiernos, empresas y trabajadores tendrán que responder más temprano que tarde: si una parte creciente de la riqueza será generada por algoritmos, ¿cómo se sostendrá un sistema que durante décadas dependió del trabajo humano para financiarse?
