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La controversia por la llamada Ley Antimemes y la intención de restringir celulares en las escuelas exhiben una misma lógica: un gobierno que parece más ocupado en limitar herramientas digitales que en formar ciudadanos capaces de utilizarlas. Mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, México sigue atrapado en debates propios de una transición tecnológica que aún no termina de comprender.
LA POLÉMICA POR la llamada Ley Antimemes obligó al oficialismo a salir a explicar lo que, según sus autores, siempre estuvo claro..aunque en realidad nunca lo estuvo. La iniciativa de ley buscaba castigar el uso fraudulento de logotipos, dominios y elementos de identidad institucional del Estado para engañar a ciudadanos, pero la reacción de la gente fue tan potente que en la 4T terminó reculando y anunciaron ajustes para dejar explícito que los memes y las parodias políticas no serían objeto de sanción.
Lo importante no es la precisión jurídica que llegó después., lo que debe de llamarnos la atención es que una parte importante de la sociedad leyó la propuesta como un posible límite a la sátira digital… y con ello una crítica al gobierno, que en los últimos sexensios de lo llamado neoliberalismo sí se soportaba en la clase política. Cuando eso ocurre, el problema deja de ser de comunicación política y se convierte en una evidencia de la distancia que existe entre quienes legislan y los espacios donde hoy se desarrolla buena parte de la conversación pública.
Internet no opera bajo las coordenadas tradicionales del poder. Un meme puede valer más que un comunicado oficial. Una parodia puede tener más difusión que una conferencia de prensa. La crítica ya no se expresa únicamente en columnas, caricaturas o programas de opinión. Circula a través de formatos que muchos políticos siguen observando con desconfianza.
La discusión coincide además con otra iniciativa que ha ganado terreno en varios estados: limitar o prohibir celulares en escuelas de educación básica.
De nuevo aparece el mismo reflejo.
Cuando surgen dificultades de aprendizaje, se señala al teléfono. Cuando aparecen riesgos asociados a la información digital, se observa con sospecha a las plataformas. Cuando la tecnología altera las reglas conocidas, la respuesta inmediata consiste en restringir su alcance.
Resulta llamativo que esa conversación ocurra justo cuando la inteligencia artificial está modificando la educación, el empleo y la productividad a una velocidad inédita. Mientras universidades, empresas y gobiernos en otras regiones estudian cómo incorporar estas herramientas en la formación de nuevas generaciones, aquí seguimos debatiendo si los estudiantes deberían tener acceso al dispositivo desde el cual consultarán buena parte del conocimiento que utilizarán en su vida profesional.
Los teléfonos pueden distraer. También pueden servir para investigar, traducir, calcular, programar o aprender. La diferencia no está en el aparato. La diferencia está en la capacidad de formar usuarios con criterio.
México arrastra rezagos educativos desde mucho antes de que existieran TikTok, Instagram o los teléfonos inteligentes. Atribuir a los celulares responsabilidades que pertenecen al sistema educativo puede ser políticamente rentable, pero no modifica la realidad.
Algo parecido ocurre con los memes. Si una persona utiliza símbolos institucionales para cometer un fraude, la autoridad tiene la obligación de intervenir. Si un ciudadano utiliza esos mismos símbolos para ridiculizar a un político, entra en juego otro terreno completamente distinto: el de la libertad de expresión.
Quizá por eso la controversia alrededor de la Ley Antimemes no desapareció con las aclaraciones posteriores. Lo que quedó expuesto fue una forma de entender la tecnología. Una que suele observarla como una fuente de riesgos antes que como una plataforma de oportunidades.
Mientras el resto del mundo discute cómo aprovechar la inteligencia artificial para ganar competitividad, en México la conversación pública sigue atrapada entre memes y celulares.
No parece la prioridad correcta para un país que pretende participar en la economía digital de los próximos años.
