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Las declaraciones de Mustafa Suleyman abrieron una discusión que hasta hace poco parecía ciencia ficción: si algún día las inteligencias artificiales merecerán consideración moral. Pero detrás de ese debate hay otro mucho más relevante: quién tendrá el control de la tecnología más poderosa de nuestra era
EL TEMA DE la inteligencia artificial ya pasó de los círculos meramente techies a irse instalando en los espacios donde se concentra el poder.
Mientras la mayoría de los mortales sigue descubriendo cómo utilizar ChatGPT en el trabajo, la escuela o la vida cotidiana, lo verdaderamente importante se está desarrollando en otro nivel. Gobiernos, líderes religiosos, directivos tecnológicos y algunos de los empresarios más influyentes del mundo ya no se preguntan o discuten qué puede hacer la inteligencia artificial. Ahora se plantean quién debe ponerle límites y quién terminará beneficiándose de ella.
En ese contexto me llamó particularmente la atención una declaración de Mustafa Suleyman, director de Microsoft AI y una de las figuras más respetadas dentro de la industria. El ejecutivo rechazó rechazó una idea, que de hecho fue impulsada en ciertos círculos académicos y tecnológicos, y es la posibilidad de que futuras inteligencias artificiales puedan merecer algún tipo de consideración moral o incluso ciertos derechos.
Por lo pronto ya se respondió que las máquinas no sienten, no tienen derechos y no deben ocupar el lugar de los seres humanos. Aunque, debemos resaltar que lo verdaderamente importante es que alguien haya formulado la pregunta.
Hace apenas unos años la conversación pública sobre inteligencia artificial giraba alrededor de la capacidad de los sistemas para reconocer imágenes, mantener conversaciones o redactar textos. Ahora algunos investigadores ya discuten escenarios en los que las futuras generaciones de IA podrían plantear dilemas éticos que hoy parecen lejanos. Que la discusión ya exista, independientemente de si tiene sentido o no, demuestra la velocidad con la que se está moviendo esta industria.
Sin embargo, creo que el debate sobre los derechos de las máquinas, que a mi parecer no tienen, corre el riesgo de distraernos de una cuestión mucho más vital y es la concentración de poder sobre la y de la IA.
Vemos al Papa advirtiendo sobre la necesidad de que la tecnología permanezca al servicio de las personas. Vemos a Bill Gates alertando sobre una posible acumulación de riqueza en pocas manos. Vemos a Estados Unidos y China compitiendo por el liderazgo tecnológico global. Detrás de todas esas posturas esta la preocupación de que la inteligencia artificial podría convertirse en la herramienta de concentración económica y estratégica más importante de las próximas décadas, y es una preocupación razonable.
Estamos hablando de sistemas capaces de acelerar investigaciones científicas, optimizar cadenas productivas, automatizar decisiones empresariales, desarrollar medicamentos y procesar volúmenes de información que ningún grupo humano podría analizar por sí solo. Quien controle esas capacidades tendrá una ventaja difícil de igualar.
Por eso me parece que seguimos formulando la pregunta equivocada. El asunto central no es si la inteligencia artificial reemplazará ciertos empleos ni tampoco si algún día alcanzará algún nivel de conciencia similar al humano. La discusión de fondo consiste en determinar quién controlará la infraestructura tecnológica que terminará influyendo en prácticamente todas las actividades económicas.
La historia demuestra que ninguna tecnología cambia el mundo por sí sola. Lo que transforma a las sociedades es la manera en que se distribuye su acceso, quién establece las reglas y quién captura la mayor parte de sus beneficios.
Quizá dentro de algunos años recordemos las declaraciones de Suleyman no por lo que dijo sobre los derechos de las máquinas, sino porque reflejaban el momento exacto en que la humanidad comenzó a entender que el desafío de la inteligencia artificial nunca fue tecnológico.
Siempre fue político. Siempre fue económico.
Y, sobre todo, siempre fue una cuestión de poder.
